Podemos definirla como la lectura sapiencial y orante de la SE. Sapiencial y no intelectual y entendiendo el término sapiencial como saborear, gustar, paladear, recrearse… La vida cristiana debe ser una peregrinación ininterrumpida hacia la Palabra de Dios. En la lectio divina el hombre lee, escucha, acoge esa Palabra y la lleva a la vida.

El iniciador de esta práctica fue Orígenes, en el siglo III, tomando como modelo el judaísmo de Alejandría. Afirmaba que para leer la Biblia con provecho es necesario hacerlo con atención, constancia y oración.

Los Padres de la Iglesia también insistían en que cada cristiano debe leer la Palabra de Dios llevándola a su historia personal. Para escucharla es necesario la conversión del corazón que levanta el velo que impide su comprensión. El hombre va pasando, así, del plano del conocimiento al del ser. Conocer quiere decir entonces transformarse.
 
La comprensión de un texto no acaba hasta que no hayamos podido expresarlo y aplicarlo a una situación concreta de nuestra vida. La lectio divina es siempre una lectura existencial. Como la luz ilumina los ojos, la lectio alimenta y da alegría al corazón, es el “pan nuestro de cada día”. Esta alegría indica que el contenido de la Palabra de Dios ha sido interiorizado y asimilado porque Dios es siempre “Buena Noticia”.

La Palabra de Dios es viva y eficaz y tiene tal poder que es capaz de “Derretir nuestro corazón por amor y partirlo en dos de alegría” (Juliana de Norwich). Esto sucede sólo si el que lee se implica con tal intensidad, con tal grado de fe, que hace actual, en ese momento y en su persona, el acontecimiento narrado. 

Únicamente en la Virgen María se ha realizado esto plenamente y por ello se produjo la encarnación, acogió la Palabra de Dios y se hizo carne en ella: “Hágase en mi según tu Palabra” (Lc 1, 38). Hay que “comerse” la Palabra de Dios y saborearla como lo hizo el profeta Jeremías: “Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba. Tus Palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón (Jr 15,16).

Nos puede recorrer una sensación de escalofrío cada vez que abrimos la Biblia. ¿Pueden unos signos pincelados en un papel encarcelar la mente y el corazón de Dios? La razón grita: “No” y, sin embargo, no se puede ahogar dentro de nosotros una chispa de esperanza, un gemido de desesperación, un salto de confianza. Una intuición: ¡Ahí está Dios!, aprisionado en ese Libro, en esas pequeñas marcas. Escondido entre las letras hay un fuego, un Espíritu que asciende como savia que fluye del árbol seco.

Entretejido entre los rasgos escritos, luchando por amanecer, como niño que nace a la luz, empujando con fuerza, el Espíritu se manifiesta y aquellos términos oscuros y confusos, cobran vida y penetran, cual espada afilada, en el corazón. 

Lectio divina y espiritualidad monástica

     

Los monjes y monjas benedictinos mantuvieron viva en la Iglesia la práctica de la lectio divina durante muchos siglos. Las reglas monásticas de Pacomio, Agustín, Basilio y Benito hicieron de la lectio divina, junto al trabajo manual y la liturgia, la triple base de la vida monástica.
 
La lectio divina es de suma importancia para el monje que tiene con la Biblia un contacto diario. Entra en un diálogo afectuoso con ella haciéndole preguntas y dándole respuestas. Muy importante, dentro de esta lectio divina, es lo que los antiguos llamaban la meditatio, aprender de memoria pasajes de la SE y recitarlos como medio más efectivo de hacer penetrar la Palabra de Dios en el interior de la persona.

Las monjas benedictinas de esta comunidad dedicamos dos horas diarias a la lectio divina y además tenemos momentos de lectio comunitaria en los que invitamos a participar a personas, tanto cristinas como de otras religiones, que quieran profundizar en su vida espiritual.

Hay una capacidad en todo hombre que le permite acercase a la Palabra de Dios: “La palabra de la Escritura es simple y todos pueden comprenderla” afirmaba San Basilio. “Prueba también tú, que me escuchas, a tener tu propio pozo y tu fuente personal para que tú también, cuando tomes el libro de la SE, te apliques a sacar de tu propio fondo alguna comprensión. “ (Orígenes)
 

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